Lectura, según.
Me enviaron un archivo con los manifestos libros sobre vampiros que han obtenido un número enorme de fans alrededor del mundo. Fans, que admito, incluyen a valiosas amistades cuya opinión suelo respetar. Suelo. Es decir: no siempre respeto.
Empecé a leer Crepúsculo por franco aburrimiento, y luego de hacer un ejercicio de lectura rápida (buscar palabras clave en los párrafos sin detenerme a leerlo y tratando de captar solo la idea principal) deduje que era una basura infernal.
La trama es insufrible, la protagonista no sólo es altamente estúpida e inadaptada, sino que además el tono en que narra es aburrido, insufrible y las pretendidas autocríticas que daban un tono ameno, jamás las encontré.
En serio, ¿eso es lo que define la literatura para jóvenes de nuestros días? Y yo que me avergonzaba de haber leído a Carlos Cuauhtémoc Sánchez cuando tenía 12 años. Aunque pensándolo bien, quizá es el mismo güey utilizando un pseudónimo.
We are doomed, doooooomed!
—
Mi prima me mandó una cadena pidiéndome que no olvide que los Jonas Brothers dejan todo por sus fans, que uno se casa, que debemos apoyarlos, y lanzar al cielo un globo negro, uno blanco y uno dorado. WTF?
Las vacaciones
Llegué de vacaciones de mal humor y tarde. Afortunadamente, a mis cinco minutos de retraso se les pudo ignorar ante los retardos de casi media hora de la mayoría de los que regresaban del muy merecido descanso (no es sarcasmo, auténticamente necesitábamos alejarnos los unos de los otros antes de cometer burocraticidio calificado), así que los intendentes y yo nos quedamos muy felices sonriéndo y dicéndonos “ya no queremos matarnos” con los ojos. Nada de abrazos falsos y fingidas alegrías por que de todas formas estamos aquí para trabajar y para salir tarde de la oficina, planear juntas y exasperarnos porque el techo se cae a pedazos, los sillones están sucios o no hay tinta para las impresoras. Hurra.
Lo bueno del regreso de las vacaciones: el descanso de dos semanas que nos permite tolerar las impertinencias mutuas con menos sacrificio del habitual, las muchísimas actualizaciones en los blogs que dejamos de leer por dos semanas y la oportunidad de pensar que ahora sí nos vamos a organizar bien, seremos über-eficientes, seguiremos la dieta estrictamente y haremos muchísimo ejercicio. Es algo así como el año nuevo para perdedores.
Lo malo del regreso de las vacaciones: todo mundo te habla de asuntos pendintes como si no hubieras estado fuera de la oficina dos semanas, no tienes ni la menor idea de que se trata y la verdad es que, aquello de lo que alguna vez tuviste idea, lo olvidaste, de modo que te pasas poniendo cara de pendejo sodomita mientras tratas de averigüar.
En vacaciones me fui al Distrito Federal, donde departí alegremente en cafés condechis y pubs irlandeses un par de días antes de irme a Huatulco, donde me dediqué a maldecir mi suerte porque había rebalse y no nos dejaban entrar al mar hasta que el barman cansado de ver mi cara de miseria insufrible me dijo “pues aquí hay nueve bahías, no sea zopenca y váyase a otra”, bueno, no dijo lo de zopenca, pero estoy segura de que lo pensó. Así que tomé un taxi, me dejaron en una bahía preciosa llena de gente que vendía cocos, y niños panzones que se tiraban a la mar furiosos y yo fui muy feliz viendo pececitos de colores, corales, a continuación me quejé porque no había olas chidas, pero ante la perspectiva de morir ahogada en un medio tan ajeno a mi tradicional semidesierto, con la panza inflada y llena de quemadas de medusa, decidí que psss estaba todo muy bonito y me dediqué a disfrutar impunemente todo. Fantasee con la posibilidad de abrir un local de cocos a la orilla de la mar y a ser costeñita, y entonces el otro blog no sería “La fille plus triste qu’ait jamais tenú un martini” sino algo como “la chica más feliz en sostener un coco” y la miseria no tendría cabida en mi vida. Pero no.
Me quemó una medusa/pulpo/animal en una pierna y sentí que se me dormía y dije “voy a morir”. Luego me aleccionaron con que si hubiera sido un verdadero pulpo/medusa/monstruuuuuo habría sentido mucho dolor, ponderé algunos segundos la posibilidad de llorar, y le señalé acusadamente mis quemaduras/piquetes/mordidas en la pierna a mi mamá, quien dijo “pues sí están llenas de algo que parece pus y tienes muy rojo”, luego siguió leyendo su tratado sobre la felicidad escrito por el Dalai Lama himself y yo me regresé al mar, porque, psss ¿qué más puede hacer uno en la playa?
Tomar daiquiris de tamarindo.
Pero todavía no abrían el bar.
Y ahora posteo en lugar de conectarme al messenger o al twitter y seguir siendo improductiva de formas menos ominosas. Feliz reinicio de actividades oficinistas del mundo.
Crónicas del escape de fin de semana
Y llegamos a las cabañas y le decimos al don que cuida: “oiga ¿tiene cabañas?” y que sueltan los cuatro jinetes del apocalipsis versión monólogo redundante.
Doñito Preocupado por la Situación: Este, mmmm, sí oiga, sí hay, pero fíjensen que no hay agua, y no hay luz y no sé como estén, porque yo soy nomás el que cuida.
Uno de Nosotros: Ah. ¿Y están muy mal?
Doñito Preocupado por la Situación: Este, mmmm, sí oiga, sí están mal, pero no tan mal. Es que mire, no hay luz y no hay agua y no sé como estén, porque yo soy nomás aquí el que cuida, fíjese. Mire, yo estoy aquí en la caseta, pero no allá, porque yo trabajo aquí, hay otro señor que es el que cuida, pero él anda muy feliz allá en la siempre y pos no viene y pos no sé como estén porque no hay agua y no hay luz y pos si quiere yo se las enseño, así por hacerles el favor, porque pos yo sé que ustedes vienen allá de ré-lejos y pos yo no sé como estén, pero yo se las enseño.
(En este punto yo me ya me había mareado y me preguntaba si seguíamos hablando de las cabañas).
Otro de nosotros: ¿Podemos verlas?
Doñito Preocupado por la Situación: Sí, mire, yo se las enseño, pero yo no sé como estén, es que mire, el que las cuida anda allá en la siembra, anda muy ocupado y pues no ha venido. Antes las tenía otro, y ese sí venía jum, pero este pos ya no viene y es muy inútil y no las tiene cuidadas y no las compone porque pos no sabe, el otro sí sabía, pero este no sabe y por eso no viene y porque tiene mucho trabajo, pos anda muy contento, pero yo nomás dependo de aquí, pero se las enseño nomás para hacerles el favor.
(¿Las cabañas, verdad?)
Uno de nosotros: Está bien. ¿Cuál nos enseña?
Doñito: Pos váyanse para la uno, ahí dele derecho y ‘orita le llevo la llave.
….
(Luego de esquivar varios barrancos en forma de camino)
….
Doñito: Mire, es que ha llovido muy juerte estos días y pos se han goteado, pero están limpias (señala el charco de agua en la sala), pero pos el agua está limpia porque tendrá unos diez días que llovió muy juerte y el otro no ha venido, porque pos anda en la siembra y pos yo no las limpio porque yo dependo de allá de la caseta, yo no estoy con esto, porque él que estaba antes ese sí las tenía muy limpias y venía y ahí platicábamos y yo veía que estaba todo muy bien, y como él tenía mujer pos entre los dos limpiaban y arreglaban, pero ya no y él que las tiene pos mire como las tiene (señala el charco de agua) pero está limpio mire. Muy limpio.
Otro de nosotros con tilpe: Pe-e-e-ro esta cabaña huele muy mal, y no hay agua.
Doñito: No es que mire, llovió mucho y hance tiempo se había descompuesto el transformador y pos lo cambiaron, jueron veintisietemil pesos y a los ocho días que le cai un rayo y pos fíjese que tronó y creo que en la cabaña tres pos sí hay agua, pero luz no va a haber.
El de nosotros que tenía tilpe: Pues ensé-ñé-nos la cabaña tres pór-fá-vór.
Doñito: Sí, mire, dele por ahí derecho.
….
(Para este punto yo ya estaba al borde de gritarles a todos que la vida en la naturaleza era una farsa, que exigía un bote de agua Perrier, un hotel que incluyera pantuflas y un sistema de cable con pay-per-view)
….
Doñito (abriendo una cabaña impecable): pos está esta, pero yo no sé como esté, porque yo no trabajo aquí, yo estoy en la caseta, yo nomás se las estoy enseñando porque sé que vienen de bien lejos y pos pa’que no batallen y se tengan que regresar al pueblo, porque pos ya es tarde y pos siempre sí está retirado y pos no hay luz, pero les traigo velas y pos sí hay agua.
El de nosotros que tenía tilpe (inspeccionando las sábanas): pues sí, sí está muy limpio y me agrada.
Doñito: pos sí, pero pos yo quiero que me la paguen.
El de nosotros que tenía tilpe: ¿Y cuánto nos va a descontar porque no hay luz ni agua?
Doñito: no, pos es que no, yo no le puedo descontar nada porque pos oigan, yo nomás soy el que cuida, y luego si el otro viene y los ve me va a cobrar la cabaña completa, pos si yo juera pos yo les descontaba, pero pos no les puedo descontar porque entonces a mí no me conviene, porque pos no.
Uno de nosotros: Pues podríamos ir a Sombrerete y regresar mañana.
Yo: NO. Nos vamos a quedar señor, ya, por favor, dénos la llave.
Doñito: pos es que piénsensen porque yo nomás soy el encargado, yo nomás les enseñé las cabañas porque pos vienen de lejos pero pos no tienen agua y pos no tienen luz, porque yo no soy el encargado y pos la verdad pos es que no.
Como mis compañeritos de viaje vieron que estaba muy cerca de comer el doñicidio, mejor le pagaron y procedimos a prender velas y contar historias de terror toda la noche.
Y cuando despertó… las estrellas estaban ahí
Porque a usted no le interesa saberlo, pero para mí es demasiado importante como para permitirme olvidarlo.
Festejé mi cumpleaños de la forma más extraña del mundo: lo festejé caminando entre cerros en la Sierra de Órganos al norte del Estado. Como la decisión de irnos fue intempestiva y tomada deliberadamente luego de que me entraron cinco llamadas del trabajo seguidas, decidí que mi autoregalo sería dejar mi celular a muchas horas de distancia (tres) y así dedicarme a la grata felicidad que da tener, eso que ustedes utilizan para leer blogs, salir a pistear y disfrutar impunemente: tiempo libre.
Llegamos a comer a Sombrerete el sábado y dormimos en las cabañas que están en el parque (tip para despistados: Sierra de Órganos es un parque nacional), caminamos un rato entre los encinos y muchos pinos cembroides y luego nos regresamos a la cabaña porque no había luz. Cenamos a la romántica luz de las velas y las luciérnagas. Luego salimos a ver las estrellas, ay que ñoño, pero se veía el cielo precioso: se podían apreciar muchas estrellas que en las ciudades no se distinguen, e inclusive podía apreciarse la Vía Láctea.
En la mañana nos levantamos temprano para recorrer todo el parque: subimos, bajamos y recorrimos en zig-zag cortando flores (no es cierto, no es cierto, juro que no corté nada señores protectores de las zonas protegidas de la federación). El cielo tiene una profundidad que te deja sin palabras, además, en esa zona existen anidamientos de águila real, y formaciones rocosas surrealistas. Altamente recomedable.
Regresamos ayer en la noche y mis tíos me llevaron un pastel de amaranto con chocolate. Lo mejor.
Luego prometo poner anécdotas del encargado de las cabañas y tal y tal.
La crónica de los 28
Hoy en la mañana, Rubén, uno de mis más queridos amigos, me comunicó por messenger que era mi deber inanielable celebrar este cumpleaños como ningún otro, pues sería el último de mis veintes.
Así es, el siguiente año en lugar de cumplir veinti- cumpliré treinta. Extraño como pueda parecer, nunca me preocupó mucho el paso del tiempo. Me preocupaba mucho más alcanzar las metas preestablecidas de mi vida por el sistema social en que me desenvuelvo: de niña soñaba con terminar el kinder, la primaria, ingresar a alguna secundaria (aspirara a la Federal 1, porque el uniforme era de color de rosa), o estudiar algo (en mi imaginación contaminada por las caricaturas yo quería ser enfermera-maestra-ingeniera-en-biología-marina-princesa-modelo-matemática-escritora). El problema es que salí de la maestría y conseguí un trabajo y las metas de mi vida se han terminado.
Nunca imaginé que quería ser luego de conseguir el ansiado sueño de ser secretaria.
Óquei, óquei: no soñaba con ser secretaria, pero les aseguro que muchos de ustedes de niños tampoco soñaron con ser “trabajador de la línea” o “presidente despuesto de un partido político”. Mi realización profesional está lejos de donde quisiera estar, pero tampoco tengo muy claro donde quisiera que estuviera, pues sigo ansiando ser enfermera-maestra-ingeniera-princesa-modelo-matemática-escritora o algo similar.
Llego a los 29 años. Y la cantidad suena apabullante en un mundo donde estamos acostumbrados a tener hijos y marido a los veintipocos, o a lucir como adolescentes anoréxicas. La televisión y las agencias publicitarias empiezan el ataque contra el grupo de edad en el que estoy a punto de entrar con bastante poca sutileza: ahora sí me tengo que poner a pensar en las cremas para las arrugas, el calmante para dormir bien en las noches, hacer ejercicio, revisar mi presión arterial y pronto, oh sí, a la vuelta de la esquina me esperan la mastografía y los análisis para verificar que aún no me da cáncer de esto o aquello.
Sé que en la siguiente década seguro intentaré casarme y experimentaré con lo de los hijitos.
Añoro: irme a vivir a Europa, porque finalmente, desde niña además de la lista inverosímil de profesiones dispares, soñaba con vivir en Oxford. No en Londres, no en París: en una universidad.
Ñoña hasta el fin… y desde el principio.
Me da un poco de pena ajena cuando me descubría en mi autorecuento como una morra sarcástica, pesimista y con un sentido del humor muy ácido. Sin embargo ha sido divertido bordear entre la ñoñez y el sarcasmo. Tengo mil defectos, no lo niego, pero no me preocupan. En todo caso, lo que puede preocuparme es llegar a perderlos.
Espero que en un año, pueda decir que sin metas, sé a donde voy.
Los hijos de los defensores de la tierra
Anoche tuve un sueño poco común… últimamente sueño poco, pero cuando sueño lo compenso entregándome a fantasías varias sin pudor y amanezco con una sonrisa que me atraviesa el rostro, como diciéndome a mí misma: “ahora sí, este es EL sueño pacheco par excelence“, el problema es que desde que soñé que era una rebanada de pan volador, he tenido pocos sueños memorables: en cualquier caso siempre están presentes los elementos reales que uno sabe que son tal o cual cosa, pero en el sueño son totalmente diferentes.
No obstante ayer soñé que estaba cenando en el mismo restaurant que los hijos de los Defensores de la Tierra.
Los Defensores de la Tierra, eran una serie de caricaturas ocheteras que veía cuando era niña. Yo amaba con pasión y locura desmedida al “Fantasma que camina” y no me importaba que usara ropa ajustada o de color morado, o inclusive que se llamara “El Fantasma Que Camina” (¿quién le puso el nombre? ¿No todos los fantasmas caminan? ¿y por qué no el fantasma que da de brinquitos?), pero me parecía un hombre misterioso, fuerte, inteligente, tenía todo lo que una niña babosa de siete años puede desear en una caricatura-hombre. Quizá sólo le faltaba la espada del Augurio, pero esa era otra caricatura y será soñada en otra ocasión.
El punto es que yo estaba en cenando con mi novio y yo sa-bí-a que ahí, en la mesa de al lado y en la de más allá estaban cenando los defensores de la tierra de incógnito.
Inclusive soñé todo caricaturizado: pero no era una caricatura en 3-D, sino una auténtica caricatura bidimensional. Los Defensores de la Tierra estaban ahí para detener a algún peligroso criminal, yo lo sabía porque había visto el capítulo en la casa antes de ir a cenar, y se lo trataba de decir a mi novio, pero él no me entendía y claro, yo lo atribuía a que sólo yo conocía sus verdaderas identidades, y sin embargo me puse a pensar que era TAN obvio que ahí estaban, así que si alguna vez sueñan que van a cenar a un restaurant en dos dimensiones y dibujado a colores primarios, les paso las 10 pistas de que ahí están los Defensores de la Tierra cenando con sus hijos:
- El escenario es bidimensional, dibujado en colores primarios.
- En los comerciales aparece el tío Gamboín.
- Hay un adolescente rubio pegado a una computadora. El hijo de Flash Gordon, como todos sabemos era un genio de las computadoras. Pero ojo, para distinguirlo de cualquier geek promedio, debemos recordar que en los 80’s los genios de computadoras podían utilizar el TTurtle para hacer cosas maravillosas, como por ejemplo: un cuadro; y que las pantallas eran negras con letras verdes. Muy sofisticado.
- Todas las mesas del restaurant tienen sólo dos ocupantes: salvo en la que está “El Fantasma Que Camina”, en la que además hay una pantera.
- Hay otro adolescente, sentado junto a un hombre en traje de corbatita de moño, que constantemente está desapareciendo las cucharas. El adolescente no se parece a su pretendido padre y éste, lo mira con desdén, como si fuera hijo del lechero.
- Hay una adolescente que se la pasa tirandole actitud a un hombre vestido de mallas moradas. Como diciéndole: “sé lo que estás pensando” y coqueteando impunemente con Rick Gordon (ver punto número 3).
- Alguien está narrando en tercera persona la cena con tono sensacionalista.
- Hay un negro inmenso, pelón, con chaleco de fotógrafo que trata de poner cara de “disimularé que no soy el hombre más poderoso del mundo”.
- Cuando Ming entra al restaurant, todos ponen cara de “ohhhh es Ming el despiadado” y enseguida, el narrador comenta: “ohhhh, es Ming, el despiadado”.
- Aparecen flores en tu mesa, cortesía del “caballero de la mesa de al lado”, mismo ente de bigotito ridículo y corbatín de moño, que ve con desprecio a su hijo, quien resulta ser tu novio y entonces tú te sientes genuinamente mal, porque pues, tú querías andar con “El Fantasma que Camina”.
El Mago Mandrake acabó con mis posibilidades de ser la esposa del “Fantasma que Camina”, sniff. Lo detesto. Lo más hiperfregón es que tenía años que no me acordaba de esa caricatura, que era de mis favoritas, aún más que los “Halcones Intergalácticos” o que “Los Thundercats”. Ni siquiera sé porque me gustaba tanto, pero recuerdo haber estado genuinamente enamorada de “El Fantsma que Camina” y que muchos años después, trasladé esa fascinación por un hombre en mallas a Jareth (el rey de los duentes en Laberinto), claro que luego lo racionalicé y dije “es que era David Bowie”, pero en el fondo, en el fondo, siempre he sabido que ese hombre en mallas era un retorno a mi primer gran amor.
Simi – recuerdos de la amistad probiótica
Ikram Antaki sostenía que la amistad era un valor más chido que el propio amor. El amor, como sentimiento infantil, egoísta y siempre incompleto, palidecía ante la amistad, que era algo así como el súper vínculo entre las personas.
Yo pienso igual.
Para empezar, ya lo dijo el gran gurú de todos los borrachines lastimeros y sin dignidad de este país, José José: “el amor a-ca-baaaa”. Cuando yo era pequeñita, José José era algo así como Frank Sinatra, Michael Jackson o Jisuschrist pero en superlativo. No había una estación de radio en la que no se escucharan sus canciones y cada domingo podíamos ver su participación en “Siempre en Domingo” (duh), era el príncipe de la canción, no sólo del pop o del rock, es decir, era prácticamente el non-plus-ultra de los melanómanos y como melanómanos somos todos, las letras de sus canciones alcanzaron la inmortalidad. Si a los cinco años tú escuchas al príncipe de la canción decir que aunque el sentimiento es mutuo, el tiempo tiene grietas, y toda una serie de razonamientos comprensibles sólo con un nivel de alcohol en la sangre superior a 4.6 que concluían en que el amor acaba.
La amistad en cambio es expandible. Aunque no inmortal. Como las múltiples Best-Friends-Forever de Paris Hilton lo han demostrado.
¿Qué te hace ser amigo de alguien? Es por principio de cuentas la simpatía y en un segundo lugar, el respeto. La línea que las divide es tan fina, que a veces es difícil distinguirla: por principio de cuentas no puedes sentir simpatía por alguien a quien no respetes y el respeto recíproco es aspecto imprescindible para que la simpatía se siga manteniendo.
Así las cosas, si siempre le quedas mal a un amigo cuando te invita a hacer algo, es harto dificil que le simpatices.
La amistad debería ser probiótica y apoyar la digestión de los problemas más difíciles a los que te puedas enfrentar. Debería fomentar la paz y la tranquilidad y permitirte esos resocoldos de paz donde no hay celos, egoísmo o pataletas. Me parecería muy difícil decirle a LA amiga: “no quiero que veas a X” o “dejaré de ver a Y porque se junta con tales y cuales”. Pero no todos los amigos de mi amiga serán mis amigos. La amistad es un lazo único e irrepetible, por la simple y sencilla razón de que gente que te cae bien tiene la libertad de simpatizar con unos auténticos pendejos.
Eso lo descubrí a los seis años, cuando las niñas bonitas y bien peinadas del salón se juntaban entre ellas y nunca conmigo. No obstante, una de ellas, a la que yo apreciaba porque era rubia de ojos verdes y era para mí lo máximo porque estaba “bonita” y bailaba “ballet” (simpatía), me trataba bastante bien. Inclusive podría decir que era MÍ amiga, pero se juntaba con un hatado de pendejas. La neta. Una serie de niñas boba que se comportaban como una especie de operador político de poca monta, centrando su atención hacia una niña particular del grupo y peleando por su atención. Cosa que yo no comprendía y que me hacía aborrecer al objeto del afecto de las otras mensas. Naturalmente.
Sin embargo esta niña siempre fue buena conmigo y pudo ser quizá la primera amiga que tuve. Ayyyy que tierno. Bueno ya. Fuera mariposas, olor a lápiz y demás recuerdos ñoños. Ahora resulta que esa niña, ya no es mi amiga.
La amistad es flexible pero también es mortal.
José José diría “la amistaaaaad á-caaaa-baaaaa”, pero no José José, no te queremos aquí: shu, shu.
El sábado se casó mi ex-mejor-amigo del universo. Me pareció triste no ir a su boda, pero ya no tenemos nada en común. Salvo el huso horario. Y sus pretensiones de vida perfecta, las aspiraciones que compartíamos de adolescentes y la fascinación que sentíamos por que nuestros padres firmaran los documentos así: .·. se han ido desvaneciendo. Yo no sé con que sueña él ahora, quizá con hijos, o con mejores resplandeceres. Por mi parte yo he ido perdiendo la fé en los valores con los que crecimos. De él, sólo recuerdo una airada discusión en la que él establecía que uno siempre debe querer lo que debe hacer y yo decía que uno siempre debe hacer lo que quiere. Me enojaba con él y le gritaba que era tan obtuso como un nazi matando judíos, mitiéndose a sí mismo en que el cumplimiento de un deber justificaba cualquier acción pues respondía a los engranes de la historia y él a su vez me gritaba que yo era una suerte de ilusa por pensar que tenía una libertad y una fuerza de voluntad propias.
A partir de esa discusión se fue abriendo una grieta en nuestra “amistad”. Una suerte de despedida sin palabras que se fue haciendo tácita a través del espaciamiento de los correos, las llamadas o los mensajes. Hasta el anuncio de su boda. E hice planes de ir y confirmé mi asistencia y entonces, a través de comentarios de amigos personales de él, que seguían fortaleciendo las mismas opiniones que nos separaron en ese entonces, me di cuenta de que ese amigo ya no existe. La amistad es flexible y elástica pero una vez que has dado el portazo para decir “basta”, es irrecuperable.
Sí, puedes salir y platicar, inclusive comprarte un café. Pero es inútil.
En los tiempos del Facebook en que cualquiera puede proclamar tener miles de amigos, yo me doy cuenta que tengo muy pocos, me consuelo diciendo que en cualquier caso son los que cuentan y entonces, son los suficientes.
Sobre mi cumpleaños
Me gusta cumplir años. Cada año, espero la fecha con especial regocijo, aunque de niña, he de admitirlo, la llegada de la misma siempre se acompañaba de una decepción tras otra: no había fiesta, ni pastel de fresa, ni velitas, ni regalos espectaculares. Mi mamá le tiene fobia a los cumpleaños, así que las celebraciones siempre son una suerte de conglomerado de elementos que abomino con la alegría enfermiza que me da de todas formas cumplir años.
Mi primer pastel sí fue de fresa, pero tenía yo tres años y no lo recuerdo. El siguiente pastel fue a los cinco años: hubo payasos que me asustaron, un montón de niños que no conocía y que se estaban comiendo mis dulces, rompieron mi piñata y se comieron mi pastel (que además no era de fresa, sino de payaso, y nadie tuvo la delicadeza de guardarme la tutsi-pop que le servía de nariz). Para cuando cumplí siete años ya estaba tan acostumbrada a los desatinos de mi mamá que fue una agradable sorpresa el que mis tíos llegaran con un pastel (no de fresa, sino de tres leches) y un par de libros sobre la vida en la granja y las telecomunicaciones. Muy vanguardista-ambientalista el asunto. De los ocho a los once todos fueron tan inverosímiles que los he olvidado, apoyando la teoría de mi madre de que los cumpleaños son sólo un día más, pero cuando cumplí 11 años hubo un eclipse solar total justo el día de mi cumpleaños, y me sentí la niña más afortunada del planeta, como bonus mi mamá me llevó a COMER al “Palacio de Danesa” que era una suerte de restaurant fast-food y nevería que conjuntaba la gula con las fantasías arquitectónicas de hoy y siempre: creaciones que iban de las 5 a las 7 bolas de helado y que tenían nombres tan kitsch como “payaso”, “vampiro”, “yarda” o “palacio de Danesa” conformaban un menú, con el que confieso, varias noches soñé. Fue maravilloso. Sin duda uno de mis mejores cumpleaños. Porque vamos, no a todos les regalan un eclipse total de sol. Admítanlo.
Mi problema básico es que este cumpleaños no quiero nada: no quiero un regalo, no quiero un pastel (salvo que sea de zanahoria) y podría cambiarlo cualquier día por un VTP a Oaxaca, pero tengo pocas posibilidades de hacerlo porque hay como siempre, montones de trabajo. No obstante, sí me gustaría que me regalaran lo siguiente:
- Una novia para mi cuñado, que se quieran mucho y que no sea más bonita que yo. Porque vamos, una cosa es querer el bienestar para los demás y otra no admitir que uno es un ególatra sin remedio.
- Un buen trabajo para el amigo sincero que me da su mano franca en julio como en enero, y que en julio, como en enero sigue sin jale y cuyo acusado nivel de quejas es tan alto que ni en escala Richter sería mesurable.
- Un novio para mi mamá y una mejor amiga, para que salga con el primero y le cuente a la segunda.
- Unas 50,000 abdominales ya hechas.
- Vacaciones, dos semanas, todo pagado, sin mamá, novio o celular.
Ahora bien, sería IDEAL también que me regalaran algunos millones de dólares que me permitieran jubilarme ahora y no cuando esté ruca y le tenga que dar toda mi miserable pensión a algún amante del bisturí sadista que me dejaría con cara de payaso y dolencias varias. Es cuanto.
Del anecdotario familiar
La verdad es que la familia siempre da buen material para echarse la botana. El problema es que yo represento el 50% de mi familia comúnmente, salvo en las fiestas navideñas y en algunos funerales, en que aquellos que compartimos el ser producto de las calenturas del abuelo nos juntamos.
Como yo represento el 50% de mi familia convivir con más de una persona que comparte mis genes, idiosincracia y peculiaridades varias, me desquicia. Me pongo de malas, les saco la lengua, les digo que me caen gordos, alzo los ojos al cielo y luego los abrazo y digo que los quiero mucho. O no.
Hoy quedamos de comer en el restaurante pitero franquiciado de calidad aceptable del pueblo (sucursal “calle ancha”), y yo llegué a las 3 en punto quejándome amargamente de que odio a mi familia, de que sus peculiaridades me enervan, de que me molesta el timbre de su voz, su complexión física, su color de piel, su sentido del humor, su moralidad del siglo XIX, su catolicismo exacerbado, su falta de tacto para decir las cosas, su desconsiderado comportamiento hacia el mundo, los acaeceres de su vida e inclusive me puse a twittear de forma iracunda dislates sobre problemas familiares personalísimos.
Dieron las cuatro de la tarde.
Y entonces mi furia alcanzó los niveles de siempre (altísimos) y me indigné y hambrienta me dispuse a irme del lugar para ir a comer. Pero pensé que mejor comía ahí. Y me senté SOLA en una mesa y pedí mi comida SOLA y mientras terminaba de comer SOLA, sonó el celular.
Mamá: Oye muchacha, ¿pues donde estás?
J.: Pues en el restaurant.
M: No te veo.
J: Pues porque estás ciega.
M: No estoy ciega, malvada muchacha, a ver, alza la mano.
J (levantando la mano): aquí.
M: No te veo.
J: Porque me estás dando la espalda.
M: Ay, hola. ¿Por qué estás comiendo?
J: Porque te tardaste una hora en llegar.
M: Pero tus tíos están aquí, ay, no podías esperarte un ratito.
J: Te esperé una hora.
M: Pero somos familia, debemos estar juntos y compartir.
J: (silencio)
M: Bueno, nos vamos a sentar allá atrás, tú quédate aquí porque no cabes en nuestra mesa.
Crónicas Secretariales III – la venganza de las asistentes
Oficina a medio día. Las paredes son de un indeterminado color blanco “ostión”, los escritorios grises de metal de 1970 complementan la escenografía, junto a algunas palmas llenas de pintura.
Asistente Soñada se sienta en el escritorio de Asistente Becaria.
AS: Entonces tipo, yo te dicto y así.
AB: Sí, no te preocupes, yo escribo, deja abro el excell y hago las columnas, y le pongo los datos y entonces, a ver, déjame abrir las columnas, sí así, ahora sí, díctame.
AS: Chaibender, Alex.
AB: ¿Chaigener?
AS: CHAIBENDER.
AB: Ay, perdóname, en serio, perdóname, pero es que no te entiendo. ¿Me lo deletreas?
AS: Óquei, pero pon atención porque si no, nos vamos a tardar así, mil mil horas. A ver: ese, ache, ene, a, i, ge, be, e, erre.
AB: Be de burro o ve de vaca.
AS: A ver chiqui, te explico sí, porque súper mal, no se llaman “be de burro y ve de vaca” se llaman “be y uve”. ¿De acuerdo?
AB: Sí, perdón, es que, cuando estaba en la primaria así aprendí y pues, se me hace fácil.
AS: Óquei, a ver, mira, es muy fácil, la be es la be de vaca y la uve es la de burro, ¿ves? no tiene pierde.
Lo peor, lo peor es que yo no me podía reír en su cara.