La crónica de los 28
Hoy en la mañana, Rubén, uno de mis más queridos amigos, me comunicó por messenger que era mi deber inanielable celebrar este cumpleaños como ningún otro, pues sería el último de mis veintes.
Así es, el siguiente año en lugar de cumplir veinti- cumpliré treinta. Extraño como pueda parecer, nunca me preocupó mucho el paso del tiempo. Me preocupaba mucho más alcanzar las metas preestablecidas de mi vida por el sistema social en que me desenvuelvo: de niña soñaba con terminar el kinder, la primaria, ingresar a alguna secundaria (aspirara a la Federal 1, porque el uniforme era de color de rosa), o estudiar algo (en mi imaginación contaminada por las caricaturas yo quería ser enfermera-maestra-ingeniera-en-biología-marina-princesa-modelo-matemática-escritora). El problema es que salí de la maestría y conseguí un trabajo y las metas de mi vida se han terminado.
Nunca imaginé que quería ser luego de conseguir el ansiado sueño de ser secretaria.
Óquei, óquei: no soñaba con ser secretaria, pero les aseguro que muchos de ustedes de niños tampoco soñaron con ser “trabajador de la línea” o “presidente despuesto de un partido político”. Mi realización profesional está lejos de donde quisiera estar, pero tampoco tengo muy claro donde quisiera que estuviera, pues sigo ansiando ser enfermera-maestra-ingeniera-princesa-modelo-matemática-escritora o algo similar.
Llego a los 29 años. Y la cantidad suena apabullante en un mundo donde estamos acostumbrados a tener hijos y marido a los veintipocos, o a lucir como adolescentes anoréxicas. La televisión y las agencias publicitarias empiezan el ataque contra el grupo de edad en el que estoy a punto de entrar con bastante poca sutileza: ahora sí me tengo que poner a pensar en las cremas para las arrugas, el calmante para dormir bien en las noches, hacer ejercicio, revisar mi presión arterial y pronto, oh sí, a la vuelta de la esquina me esperan la mastografía y los análisis para verificar que aún no me da cáncer de esto o aquello.
Sé que en la siguiente década seguro intentaré casarme y experimentaré con lo de los hijitos.
Añoro: irme a vivir a Europa, porque finalmente, desde niña además de la lista inverosímil de profesiones dispares, soñaba con vivir en Oxford. No en Londres, no en París: en una universidad.
Ñoña hasta el fin… y desde el principio.
Me da un poco de pena ajena cuando me descubría en mi autorecuento como una morra sarcástica, pesimista y con un sentido del humor muy ácido. Sin embargo ha sido divertido bordear entre la ñoñez y el sarcasmo. Tengo mil defectos, no lo niego, pero no me preocupan. En todo caso, lo que puede preocuparme es llegar a perderlos.
Espero que en un año, pueda decir que sin metas, sé a donde voy.