Crónicas secretariales II
Existen varios tipos de asistentes “ejecutivos”, eufemismo de baja estofa dedicado a definir que todos somos gatos, pero hay algunos de angora.
Mientras que el asistente “común” o “secretaria” como antiguamente se conocía, se limita a contestar el teléfono, hacer enlaces telefónicos, llevar el archivo y elevar los ojos al cielo en actitud condescendiente cuando le pedimos algo que excede aunque sea mínimamente su descripción laboral, generalmente cumple su labor y te deja en paz, rogando a su vez que lo dejes en paz, el asistente “ejecutivo” presenta distorsiones del carácter dignas de celebración.
El asistente ejecutivo iPhonero
Acaba de descubrir el iPhone, aunque es probable que lo conociera desde antes, nunca se había planteado como una posibilidad real tenerlo hasta que por fin lo bajaron de precio. Ahora, va a todas las reuniones y clama que puede escribir la minuta en la sección de “notas”, lo que no sabe porque es un zuato, es que es cansadísimo y poco práctico. Toma fotografías de todo lo que se mueve y de lo que no también. Constantemente le está metiendo rigntones nuevos y en cada junta en la que entra se conecta al messenger poniéndo en su nick la ubicación exacta de la junta.
La asistente ejecutiva soñadora.
Nadie sabemos que le dice a su familia cuando llega de la oficina y le preguntan que tal estuvo su día. Se la pasa en el messenger, sus nicks revelan detalles no solicitados de su vida sentimental. Es inútil como las monedas de 10 centavos, si le pides algo lo hará mal, despacio y de malas, es su estrategia ganadora para que nadie la moleste. Su ropa es ajustada y sus uñas impecablemente falsas. Se maquilla en exceso.
La asistente ejecutiva soñada.
Se distingue de la anterior porque trabaja con furia. Cuando la ven. Contesta el teléfono a gritos, da órdenes a gritos, y saluda… ¿adivinan? gritando. Al rededor de ella parece desarrollarse TODA la actividad de la oficina, a veces contesta dos teléfonos al mismo tiempo, y se mueve con frenesí. Cuando nadie la mira, se pone a utilizar la línea directa para llamar a sus múltiples novios, apaga el celular, se mete a la cocina con un asistente ejecutivo iPhonero y se ponen a intercambiar sueños de superioridad. Es difícil conseguir que trabaje cuando el jefe directo no está, y llamarle la atención es futil: le entra por un oído y le sale por otro, pues está segura que su acto de pretensión de productividad es infalible. 3 de cada 4 directores la detestan.
El asistente becario
Aún no se da cuenta de que recibe un salario por su sueldo, así que es totalmente servicial y trata de ganarse la buena voluntad de sus superiores, comete errores por estar demasiado pendiente de no cometerlos. Es fácil hacerlo trabajar porque sustenta su productividad en el miedo. No obstante uno siempre tiene que andarlo cuidando porque los demás asistentes hacen mella en su autoestima, se le olvida comer, o se queda horas y horas platicando con las secretarias cuarentonas porque es incapaz de dirigirles una mirada de odio que las ahuyente.
El asistente enfermizo
Fácil: le dan todas las enfermedades. Siempre le duele la cabeza, el estómago, el esófago, la tráquea, los ojos, las manos. Se percibe a sí mismo como altamente trabajador, pero la mitad del tiempo está en la cocina tomando pastillas y la otra mitad frente al ordenador con los ojos cerrados sintiéndo lástima por sí mismo.
La asistente “doctor Simi”
Tiene la respuesta para todo. Si no sabes que ponerte, ella sabe que es lo adecuado. Si no sabes como hacer un reporte, ella lo sabe. Si necesitas un teléfono, ella lo tiene. Sería la asistente perfecta de no ser por su afección a la automedicación y las manías de limpieza estilo “Mónica Geller”. A todo mundo lo atosiga con pastillas, su bolsa parece una sucursal de las farmacias similares, y siempre tiene a la mano toallas desinfectantes y botes de Lysol. Le aterra la contaminación, de modo que se desinfecta las manos cada 20 minutos exactos y cada hora hace ejercicios de estiramiento para evitar la “atrofia muscular”.
Y ya. Obviamente está mi clasificación que incluye una personalidad amarga y una tendencia a reírme de los demás. Pero psss ni modo de autobalconearse.
La colección de libros cursis
Esta semana celebramos lo que viene a ser la “feria del libro” del pueblo. Contamos con la presencia de grandes editoriales como no y pudimos reírnos dos horas cuando trataron de vendernos un libro de Auster en 500 pesos. Luego los de “Colofon” se me quedaron viendo con gran indignación mientras yo me iba al puesto de Larousse a tratar de convencer a la dependienta que los cursos de idiomas no son guías de viaje. Y al doblar una esquina, ahí estaba: la colección de libros cursis de Alfaguara.
Imagino al creativo responsable viendo el éxito que han alcanzdo las películas de época basadas en novelas rosas, y entonces imaginando una colección con portadas en tonos pastel y florituras doradas compuesta por los grandes éxitos de hoy y siempre: “Orgullo y Prejuicio”, “Cumbres Borrascosas”, “Naná”, “Memorias de una Geisha”, “Amistades Peligrosas”… fue lo máximito y además, como previsiblemente fue un F-R-A-C-A-S-O (porque admitámoslo, ningún hombre se va a poner a leer un libro con una portada victoriana y florituras doradas, y las mujeres que pudieran estar interesadas en dichos títulos seguramente ya vieron las películas) estaban a 50 pesitos.
Y claro que yo compré: Orgullo y Prejuicio, La Edad de la Inocencia, Ana Karenina, y otros 3 de Jean Austen, porque pues, ya, he decidido dejar la decadencia y dedicarme a las florituras victorianas.
Próximamente: como ser una buena dama de sociedad y el arte de usar corsé.
Crónicas secretariales
Tengo una asistente gordita. Tengo una asistente gordita y apenada por el hecho. Tengo una asistente gordita, apenada por el hecho y asediada por gordas cuarentonas que le critican constantemente.
Hoy escuché claramente como le decían que debería dejar la tortilla, el pan y comer muchas verduras.
Lo cual resulta interesante porque son las mismas gordas que constantemente están pidiendo gorditas, tortas y taquitos para “desayunar”.
Yo misma he sido una gordita apenada por el hecho. Aunque mi sobrepeso podía disimularse como “gordibuenez”, lo cierto es que odiaba que me dijeran que comiera menos pan, o dejara las tortillas. Finalmente lo que esos comentarios buscan es sólo entretener la chachara matutina sin fundamentos y el gordito penitente termina apenado, preguntándose a sí mismo si realmente debe declarar la guerra a muerte a todos los carbohidratos.
Lo que sí sé, es que cuando uno tiene sobrepeso se siente mal, y escuchar a gente MÁS gorda que tú joderte la existencia con que no comas esto u lo otro, te bajonea. Además, es cierto que la gente con sobrepeso no es sana, pero ¿saben cuanto tendría que pesar uno para verse flaca de revista? Como 45 kilos y que 10 de ellos sean de ropa. Me gustaría decirle eso, que no se trata de ser un palo, sino de estar sana, que haga ejercicio, pero finalmente no soy su mamá.
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Otra de las asistentes llegó con ínfulas de grandeza y le soltó un seco “no me molesten que ando de mal humor” a uno de los intendentes con quien siempre bromea.
Ella es demasiado risueña, y muchas veces, cuando todos estamos tensionados, sus comentarios infantiles y observaciones impertienentes y pueriles, resultan sumamente molestos.
Luego elaboró sus penas: tiene mareos, durmió mal, su familia la maltrata, el perro se le murió, se le cayeron los dientes a su abuelito, el árbol frente a su cuarto hace ruido, la noche es oscura, de día brilla el sol, y toda una suerte de calamidades que en realidad no lo son.
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Ví sonreír tímidamente a mi asistente gordita peniente, porque entonces, las gordas cuarentonas dirigieron su atención a las penurias de la asistente apesadumbrada, y le dieron recomendaciones: hay que oler limones, podar el árbol, bajar de peso (eso fue un bonus), comer mejor, hacer ejercicio, meditar, etcétera.
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Yo veo su cara de odio hacia las secretarias cuarentonas, su malestar, su rostro de “déjenme en paz” y me dan ganas de hacer observaciones pueriles y comentarios inútiles, tan sólo por el placer de prolongar su agonía.
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No tengo un alma noble. No.
Justificaciones
En la alberca, una mujer mayor comenta que está muy feliz por haber regresado de su viaje por Europa. Su interlocutora trata de disfrazar la envidia con interés y luego le pregunta si visitó la Capilla Sixtina en Roma. No, dice la primera, me limité a caminar por Roma. La segunda la mira con desdén y hace algún comentario amargo. Entonces, la señora se justifica, explica que ya ha estado en Roma antes, que le gusta más caminar por sus calles que visitar museos. Le cuenta de su primer viaje, de la primer visita a Roma, de los museos del Vaticano.
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Hay un “algo” morboso en estarte justificando ante los demás. Como si su opinión valiera algo, como si de verdad fuera justificado escuchar sus opiniones sobre tus decisiones.
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En “1984″, Julia encuentra a Winston Smith y le confiesa que sí lo traicionó, y que le gustaría justificarse.
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La justificación como el fin perfecto para modificar nuestros actos una vez que vemos que no responden a lo que se esperaba de nosotros. ¿Y las autojustificaciones? No sé, yo quiero vivir una vida en que de justificarme ante alguien, ese alguien nunca tenga que ser yo.
Odio
Tienes una hora para comer, misma que tienes que defender en tu trabajo de las horas extra y de los assignments fuera de fecha, entonces sales corriendo y hay una manifestación.
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No existe una manifestación que legimitice el arruinarles el día a los demás. No existe. Punto.
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No discutan, de verdad no existe.
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Debería ser ilegal tomar las calles para reclamar cualquier cosa.
El cólera en los tiempos de la web 2.0 o de cómo Ulises nunca sacó perfil en Second Life
Second Life: jijijiji.
Llamas, esperas pacientemente a que suene el teléfono, y en lugar de la voz de una mujer, responde un hombre. Siempre se repite la misma historia y siempre, siempre olvido preguntar algo adecuado como: “Disculpa, ¿marqué al celular de ______?”. No, primero dejo que el silencio ocupe la línea un par de segundos, hasta que el interlocutor molesto repite “bueno” varias veces, cada una en un tono más alto. Entonces, simple y llanamente le digo el nombre de la persona con la que esperaba hablar: “¿Alejandra?” “¿Cristina?” “¿María de Magdala?”. Obviamente ahora el que guarda silencio es él, y nunca sé si es por desconcierto o porque está ponderando los niveles de mi estupidez.
La verdad es que a pesar de tener blog, twitter y facebook sigo tendiendo un cerebro analógico. Para empezar aún cuando mi novio tiene conocimiento de que tengo twitter jamás se me ocurriría pensar en que él tuviera, me da repelús. Prefiero que él se entere de lo que pienso, siento y hago vía face-to-face que por una red social. Me sigue aturdiendo el concepto de tener más de mil amigos, seguidores o conocidos a través de las llamadas redes sociales y rehúso sistemáticamente enviar felicitaciones de cumpleaños por posts wall-to-wall.
Me da la impresión de que muchas redes sociales son como el beso en la mejilla contra el que tanto he luchado y al que sistemáticamente aborrezco. Ahora le das un beso en la mejilla a cualquier hijo de vecino con cualquier pretexto idiota, el siguiente paso es darle un beso en la mejilla al señor que entrega los garrafones de agua y al lavacoches.
Me dice el Ricks: “se casan fulana y sutana”, me da el update diario de la vida y milagros de gente que con mucha dedicación y a base de esfuerzos logré sacar de mi vida, ilusamente creyendo que para siempre.
El problema es básicamente que hay pocas personas a las que considero plenamente interesantes como para mantener en mi vida, y además estoy segura de que tanto a Cristina, como a Teresita o a cualquiera otra de mis compañeritas de la primaria les vale absolutamente madre lo que sea de mi vida. Plus, trabajo de secretaria y veo de cerca el desarrollo del cotilleo social: ayer justamente me aventé la biografía no autorizada de la esposa de un diputado, que si había tenido un novio tal y tal, que si luego sufrió, que si pobrecita, que si esto, que si lo otro. Y la verdad es que no, no me interesa publicar mi vida tan sólo para que sea objeto de charla entre personas cuyas vidas propias están más vacías que la programación de Televisa.
Así que sí, soy analógica y a-social. Ni pex.
Miedos inexplicables
Odio ir a las estéticas.
Desde que tenía dos años y mi mamá me llevaba con una tal Martha a que me cortaran el cabello (chiquitito, como de niño) siento esa misma ansiedad que mezcla inseguridad, nervios y franco y horror. Yo ansiaba tener el cabello largo como Daniela Rom.

Chequen el cabello larguísimo ondeante al viento
Era lo máximo, era el epítome del glamour, el non plus ultra de la feminidad, y yo ansiaba, soñaba tener el cabello largo, pero como además de tenerle miedo al estilista le tengo miedo a los cepillos y mi mamá no estaba dispuesta a andar por las calles con una niña greñuda, en lugar de obtener un “despunte” para permitir que el cabello siguiera creciendo me tuzaban con una saña digna de torturadores chinos. Oh sí.
Conforme fui creciendo y por lo tanto mis derechos sobre mi cabello fueron avanzando, logré tener el cabello de un largo aceptable, al menos lo suficiente para poderle poner listones y pretender pertenecer al club de las niñas bonitas que siempre iban bien peinadas a la escuela. Pero mi cabello es difícil: cuando todas tenían tupé de rollo desafiando la gravedad a base de aquanet, yo tenía una serie de chinos horripilantes sobre la frente, si trataba de hacerlo a un lado, salían volando por otro, y mis listones se caían, las ligas se aflojaban y ni siquiera tenía el cabello lacio perfecto de los anuncios de shampoo que tanta unión parecían promover entre madres e hijas. No.
Al paso del tiempo conseguí espaciar las idas al peluquero lo suficiente para que pasaran medianamente desapercibidas: dos veces al año. Hasta que en octubre del 2000 decidí que si mi cabello era horrible de todas formas, podía hacer con él lo que quisiera: a eso siguió un corte extremo en tonalidades que fueron desde el plateado, hasta el morado, pasando por varios tonos de rojo.
Después lo dejé crecer, y cada que iba a una estética nueva era la misma penunira: explicarle a un hombre que generalmente desprecia a las mujeres que no, tengo mucho que no me corto el cabello, que sí, sí me lo he pintado, que sí, negro jijo es mi color natural, que no, no me lo quiero pintar, ni hacer mechas, ni decolorarlo para luego pintarlo otra vez de negro, que no, que quiero capas, pero no tan degrafilado, sí, necesito un tratamiento, no, no me interesa un masaje shiatzu en el cráneo para estimular las raíces, sí, quiero una coca light, no, no quiero fumar, sí, es linda la batita, no, no quiero que me lo planchen en húmedo, etcétera.
Ayer no fue la excepción. Llegué y fui recibida por una dependienta fea y malencarada, luego de esperar media hora mientras me torturaban con un programa de chismes de “las estrellas” y fui testigo de como una gorda de uñas niurkescas y aspiraciones peligüeras tiradas por la borda gracias a su incipiente raíz negra trataba de comprar un tratamiento extremo reparador de cabello dañado. Por mi cabeza pasó un honesto “deja de pintártelo”, pero alguien que se pone “diamantes” en las uñas, seguro no se iba a ir por el lado de “lo natural”. Pagó exactamente 850 pesos por un botecito de crema para peinar. Pffft.
Me pasaron a shampoo, quizá la única parte agradable del proceso: mientras tú piensas en la inmortalidad del cangrejo y las consecuencias de identidad ontológicas de una sociedad marcada por el consumismo, te hacen un masaje involuntario. Me pasaron entonces sí, con EL MAESTRO, un hombre que corta cabellos a todas horas del día y de la noche, y que demuestra enfático su éxito a través de una galería extendida por todo el salón de las “bellas” a que ha tenido la oportunidad de peinar y maquillar, y en la que están como no algunos rostros reconocibles de la televisión nacional (favor de notar que dije rostros reconocibles porque no supe quienes chingados eran, aunque eso sí, se me hace que las he visto en los pasquines que revisan la vida de “las estrellas” y que están a la venta en todos los supermercados, aunque no estoy 100% segura porque en las fotos traían ropa).
- ¿Qué te vamos a hacer?
- Dos capas, degrafilado. Algo muy ligero para el verano, pero como tengo la cara cuadrada por favor algo que no sea muy corto, y que tenga mucho movimiento.
- Muy bien.
Luego, viene lo inevitable, yo lo veo venir y lo temo, y él no puede soportarlo y pregunta:
- ¿Y dónde te cortaste el cabello?
Enrojezco, quiero morir. Con un hilo de voz, confieso:
- Voy a nadar diario, se me maltratan mucho las puntas, llevo 6 meses cortándomelas yo sola.
Él palidece, sonríe nervioso. Estoy segura de que tendrá un síncope, de que me correrá de ahí por pensar que yo puedo estar a la altura de sus artes, quiero llorar. Al final, me tuerce la boca en un mohín y me regaña como quien le explica a un niño pequeño que no es buena idea jugar con uranio enriquecido. Yo río nerviosamente, siento el mismo dolor de estómago y ansiedad que sentía cuando quería tener el cabello de Daniela Romo, me pongo roja. Él ha triunfado, finalmente, sabe que yo sé que sólo él puede y tiene autoridad sobre mi cabeza, y me hará el grandísimo favor de cortarme el cabello.
Una hora después salgo: el resultado me gusta, pero lo que más me gusta es que aún cuando él se tomó todo el esmero del mundo en estilizarlo, en dejar las puntas adentro y los flecos hacia afuera, al día siguiente iré a la alberca, saliendo me pondré una cantidad indecente de mousse y seguiré cortando mis propias puntas los siguientes seis meses.
Pérdida de capacidades sociales funcionales básicas
Sucede que un día te levantas y tu cabello apesta a cigarro, te duele la cabeza, tus ojos pueden apenas soportar la luz. La garganta te duele y te raspa al pasar saliva, la piel del rostro la sientes reseca y agrietada, amaneces con las extremidades inchadas y con un vehemente deseo de agua, sólo que tienes el estómago tan revuelto e inflamado que el sólo pensamiento de poner algo en él te da mareos. No espera, estás auténticamente mareada. Te levantas cual Nostradamus de tu cama y encuentras el celular entre la ropa que yace tirada a los pies de tu cama: las 3 de la tarde.
Es sábado, eso significa que te quedan exactamente unas 18 horas de fin de semana libres (descontando las que pasas dormida), rápidamente divides mentalmente y te das cuenta de que apenas representan el 30% del tiempo que dedicas a trabajar (considerando que trabajes SOLO doce horas diarias y no las catorce que usualmente te avientas).
Prácticamente ya perdiste la mitad del día. Te gustaría quedarte en la cama el resto del día pero tienes que limpiar la casa, hacer las compras para la semana, y “convivir” con tu familia, perro, gato o sobrinos.
El problema es que te sientes mal, te duele la cabeza, no quieres comer, pero mueres de hambre. Y la peor parte: al día siguiente te seguirás sintiendo cansado y el lunes igual. Sabes que has perdido una capacidad social funcional básica: la de embriagarte impunemente, y empiezas a inventar excusas baratas para evitarlo. Ya no puedes tomar, no porque te moleste la inconsciencia etílica, sino porque es patético tener casi treinta años y emborracharte con oler una cerveza y cada vez puedes tomar menos y cada vez peor.
The perils of your existance are meritless for me
La situación económica en el país está del nabisco. Luego de que todos superaramos el alegre supor combinado con estupefacción de tener unos inesperados días libres al comienzo de mayo, escuchamos que aquí y allá aumentó el desempleo.
La epidemia de supuesta gripe mortal tuvo un efecto negativo en nosotros porque las empresas descubrieron que no necesitaban a 40 personas en una oficina y que se podía hacer el jale tranquilamente con los de siempre. Es decir, toda esa horda de inútiles que se la pasa chacoteando en aras del cafecito, el saludo y las esperanzas de … alguna epidemia que les permita faltar al trabajo, se hizo evidente. No a todos los despedirán, claro que no, pero ahora es más fácil ya que hemos comprobado que no tienen mayor uso que consumir ancho de banda y café.
Ahora en la mística de la CRISIS mundial, la crisis económica, la crisis alimentaria, la crisis energética, la crisis sanitaria todo mundo empieza a contarme sus estrategias para salir adelante, para lograr el éxito, para convertirse en personas productivas.
Pues ¿saben qué? Me importa un bledo.
Me importa un bledo si creen que tomar jugo de zanahoria enriquecido con ácido fólico les hará recuperar la juventud perdida, me tiene sin cuidado si no entran a trabajar a un lugar porque creen que los despedirán y me importa un bledo si sólo necesitan una persona que crea en ustedes para cambiar el mundo. Al menos yo, yo no creo en nadie.
Y me tiene sin cuidado si ustedes sí. Dénse apoyo, sonríanse, dénse un abrazo cada día hasta juntar siete. Escuchen sus problemas con atención, ofrezcan su hombro inmisericorde al de al lado, porque tiene sus mismos problemas de personalidad, poque es un inadaptado incapaz de decir las cosas de frente, porque sus demonios lo persiguen igual que ustedes se dejan perseguir por los suyos. Yo ya no juego.
A mí ya no me importa: los acaeceres de sus existencia no tienen mérito para mí.
Propaganda en las redes sociales
Ayer en la tarde, luego de tomar una reparadora siesta me encontré con la novedad de que tenía los updates de un tal “votapormexico” en mi lista de contactos de Twitter.
Partiendo de que mis updates son privados y es poca la gente a la que sigo, me pregunté de donde había salido esa persona. La respuesta la encontré al bloquearlo, pues los updates siguieron apareciendo ahora con el logotipo del usuario “LaJornada”.
La verdad es que me enojé bastante. La Jornada, que hace un par de semanas no podía dejar en paz el tema de la entrevista concedida a Sodi durante una transmisión de un partido de fútbol y ahora, eran exactamente iguales: me ponían datos de un partido, una coalición y un ex-candidato por los que no tengo interés.
Se llama SPAM y se llama “medio vendido”, aunque les duela.
Y la verdad es que no se vale, creo que como adulto contemporáneo busco en las redes sociales (sí, muy triste, es cierto) un espacio de despeje. Me paso 14 horas diarias en una oficina respondiendo por la agenda, teléfonos y vidas de otros, y es en el blog o el twitter donde encuentro razones para reír, reflexionar o pasar un rato de esparcimiento sano o no, y no quiero que se transforme en la plataforma de una clase política en la que no creo.
Me parecen interesantes las iniciativas de promover el voto entre la gente y concientizar a la ciudadanía en que deben buscar la información. Pero buscarla no significa en ningún caso ver invadido mi correo personal, mi blog o mis redes sociales de postulantes patito por campañas en las que ni ellos creen.
Y si creen: peor.
Quisiera saber ¿como es que un medio que, yo al menos, consideraba bastante respetable, se atreve a difundir el ya tan gastado título de “presidente legítimo” de un candidato obtuso, que ha demostrado no sólo no tener capacidad de negociación política y cuya campaña está basada completamente en su frustración? Los twitts de “LaJornada” están plagados de comentarios que en un principio me parecieron graciosos pero al final del día resultan una campaña más a favor de un candidato. Al más puro estilo de Televisa.
Y eso, para mí le quita la respetabilidad. No obstante, el contenido del diario me parecía bastante bueno, y aún cuando muchos twitters lo dejaron de seguir hace casi un mes, seguí conservándolo en mi lista de amigos. Ayer lo bloquée sin opción a recambio.
Los medios tienen la función de informar y ayudar a formar una opinión, pero en ningún caso a imponerla. Una lástima.